Sven Amador: Ahí está el detalle.

Sven Amador Marín

 – Hace días mi hija mayor me comentaba que el papá de una amiguita suya me había rebasado en el principal bulevar de Guerrero Negro porque iba a la clínica del Seguro Social. «Lo van a capacitar», me dijo muy segura de lo que me contaba.

—Te va a pasar como a mí de chico —le respondí—. Escuchaba palabras y creía entender su significado, después yo las usaba pensando que lo estaba haciendo bien.

Luego ya le expliqué que, a lo que ella quería referirse era a que al papá de su amiguita lo iban a “incapacitar” por cuestión de salud, es decir, le iban a expedir una constancia para demostrar que no estaba en pleno uso de sus capacidades físicas.

Medianamente preocupado le comenté a mi novia que había notado que la niña batallaba para construir oraciones adecuadamente, y le conté otro ejemplo de ese mismo día por la mañana. Hace uso de palabras confiando en que existe coherencia entre lo que piensa, siente y dice… supongo que es normal pero no deja de llamar mi atención para estar al pendiente de ese maravilloso proceso de la exteriorización de nuestro pensamiento, de nuestra interioridad y, en el caso de ella y de otro tanto de personas —incluso de mí mismo—, de nuestra inevitable cantinfleada ocasional.

Todos somos Cantinflas, hasta podemos hacer un hashtag de esta expresión. Se puede asegurar que en algún momento de nuestras vidas, todos hemos cantinfleado. Este verbo, aceptado por la Real Academia de la Lengua Española en 1992 y que deriva de un estilo muy particular de expresarse del gran cómico mexicano Mario Moreno ‘Cantinflas’, denota la acción de las personas de hablar y actuar de forma disparatada e incongruente sin decir nada con sustancia.

En México, como afirma Carlos Monsiváis, contamos con un sonido colectivo consagrado desde la retórica del catolicismo —la religión de la patria—, desde la retórica del melodrama teatral y telenovelesco e incluso desde la retórica de los abogados (México, el país de los licenciados). Esta es la base idiomática de nuestro sistema comunicacional, constituyen lo que representa “el buen decir” en nuestro país.

Pero en los años 30 del siglo pasado, llegó Mario Moreno ‘Cantinflas’ a afirmar que había «momentos en la vida que eran verdaderamente momentáneos» y ganó un sitio en la sociedad que estaba viviendo. Toda esa comunidad de desfavorecidos dominada aún por el analfabetismo se plantó ante la tardía modernidad, aquella donde el Hombre era el artífice de su propio destino, donde él era el depositario de grandes talentos que le permitirían ser autor de la Historia y encontraría la solución a los grandes problemas de la humanidad: las enfermedades, las guerras y la pobreza pero llegó Auschwitz y se resignificó todo. El fundamento del catolicismo no fue suficiente: «existe Auschwitz, no existe Dios», expresó Primo Levi. El melodrama teatral se volvió enteramente real en los campos de concentración e Hiroshima y Nagasaki. Y, fundamentalmente, la retórica de abogados legalizó el genocidio.

Para México, nuestro sagrado sonido colectivo ya no tenía plena legitimidad, y por ello el cine nos marcó un nuevo traductor de lo contemporáneo, y lo hizo a través justamente de los estilos de vida ante los que no se podía ser indiferente porque, o se imitaban, se envidiaban o se detestaban. Cantinflas, con su ‘peladito’ de las carpas, irrumpió en el escenario para colocar a la plebe en el centro del idioma. El lenguaje se volvió “peladocentrista”. El peladito, es decir, aquella persona de las grandes urbes perteneciente a la clase social inferior, antes de los años 30 y 40 del siglo XX, existía apenas como un espectáculo con motivos folclóricos y pintorescos, como un elemento no asimilado a la modernidad, pero de la mano de Mario Moreno ‘Cantinflas’, con la integración de un estilo lingüístico novedoso, no muy seguro del significado de las palabras que empleaba —como mi hija mayor— y movimientos corporales irreverentes y desparpajados, con cierta incredulidad ante las jerarquías sociales, persuade sin inteligir.

Su ascenso se debe a su natural excentricidad, cuya legitimidad viene del habla popular. En su presunta subversión idiomática encontramos la suprema astucia (reto a cualquiera a sostener por al menos dos minutos una conversación cantinflesca) y esta se vuelve así, el arma con la que se pueden defender los menos favorecidos, cuando se les da la oportunidad de emplear lo que siempre creyeron que era el español.

Así lo vemos al final del filme Ahí está el detalle (Juan Bustillo Oro, 1940) una comedia de enredo donde el personaje de Cantinflas es juzgado equivocadamente por asesinar a un gánster que extorsiona a la joven esposa de un interesado millonario, donde logra derribar nuestra tradición comunicativa, fatiga la comprensión de los estamentos sociales y sus instituciones y ofrece un nuevo instrumento (inclusivo) para relacionarnos pues, justo antes de la sentencia, los que estaban confundidos, argumentan cantinfleando y Cantinflas, dueño y señor del “momento momentáneo”, sentencia que «hablando en cristiano se entiende la gente ¿o no?»

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