Fear is in the air

Por Sven Amador

Hace unas semanas, en un caluroso medio día de domingo, mi vehículo simplemente “no quiso” encender.

Y digo “no quiso”, porque a estas alturas del partido, ya estoy forjando la firme convicción de que, tal y como expresó el mítico Melquiades en Cien años de soledad, las cosas tienen vida propia, sólo es cuestión de despertarles el ánima, porque a veces, por más que me esmero y le busco, simplemente no entiendo cómo o por qué fallan ciertas cosas.

Ese domingo, mi auto, después de emberrincharse para no prender durante toda la tarde, terminó compadeciéndose de mí. Seguro estoy que lo hizo al olisquear un temor por demás fundado que desde hace semanas traigo y del que apenas fui consciente ese día: el miedo a ser víctima de los amantes de lo ajeno.

Luego de avanzar en un par de tareas, salí dispuesto a echar a andar mi carro ya con el sol poniéndose, le abrí el cofre, traté de pasarle carga, le puse WD-40 a los cables de las bujías y hasta ahí llegaron mis conocimientos de mecánica. Al ver que seguía empecinado en no encender, me decidí a meter el carro a la cochera a base de apucharlo con mi insuficiente fuerza bruta (más bruta que fuerza, dicho sea de paso), en un acto exasperado por resguardar algo de mi patrimonio, alentado por la certeza de que me lo iban a robar.

Para meter el carro a la cochera en mi casa, es necesario salvar una pequeña subida al frente del terreno. Pues esa pequeña subida se me volvió el chingado Everest cuando traté de empujar mi garramovil a través de ella. Desesperado ante la imposibilidad de resguardar mi vehículo, sólo podía decirle a mi novia que estaba seguro que si lo dejaba afuera, se lo iban a robar. Ahí caí en cuenta que desde hace semanas, meses quizás, he venido actuando movido por la preocupación de ser víctima de la ola de violencia e inseguridad que no sólo tiene atenazado a Guerrero Negro, sino al resto del Estado (y del país): cada noche me aseguro de cerrar bien las puertas y ventanas, de tener encendidas las luces exteriores, de meter el carro a la cochera, pongo atención al funcionamiento del alumbrado público, valoro los espacios más proclives para incursiones en las bardas perimetrales y al mismo tiempo trato de transmitirles tranquilidad a mis hijas, y de que no adviertan lo que sucede; en más de una ocasión he pensado cuál debe ser mi reacción si alguien trata de entrar a robar a la casa e incluso he “bromeado” con mi novia sobre el uso de unas espadas de colección que tengo.

Al principio leía y sabía de hechos que parecían ser actos aislados, después, la frecuencia aumentó aunque se referían a sucesos que se daban en colonias periféricas o aledañas, luego ya fueron robos cerca de la casa y cada vez más violentos. Todavía hasta entonces veía todo este fenómeno delictivo como algo ajeno a mí, como si fuera imposible de materializarse en mi vida y en mis circunstancias; una racha de falso optimismo me hacía repetirme que a mí no me pasaría, que yo no me metía en problemas porque no tenía enemigos ni mucho menos, pero cada vez más fue escalando la situación hasta permear en la tranquilidad del ciudadano de a pie, aquel que sin deberla ni temerla, termina siendo víctima de los actos delictivos.

Las opiniones sobre toda esta situación han sido de las más variadas, desde una culpabilización unívoca de los gobiernos en sus tres niveles y poderes (me viene a la mente la aprobación del llamado nuevo sistema de justicia penal y la propuesta de una Ley de Seguridad Interior), hasta aquella otra donde se circunscribe a la responsabilidad de los padres de familia por no formar adecuadamente a los hijos.

Creo que al respecto hay muchas vertientes, muchas causas de origen y que poco o nada nos hemos detenido a analizar. Es difícil hacerlo cuando se sufre el temor de ser víctima de tales conductas delictivas pero no deja de ser necesario. Se requiere un análisis serio, objetivo, multidisciplinario, imparcial y a fondo de toda esta situación, si no queremos incurrir en extremos de justicia granjeada por mano propia, como ya se ha visto en otras entidades del país.

No está de más señalar que esto nos afecta a todos, desde el empresario que ve afectadas sus utilidades por el decremento de sus ventas, hasta el turista que se aleja por las noticias que lee al respecto, pasando por los representantes gubernamentales que ven sobrepasada su labor.

El gobierno estatal lanzó un programa para hacer frente a esta ola de inseguridad que aqueja al Estado, debo reconocer que hay contenidos y actividades muy rescatables en ese programa, como lo son la ocupación de espacios públicos y la prevención desde las aulas de clase. Es un programa integrador y con amplia visión que se ve muy bien en papel pero que amerita de suma voluntad política y participación ciudadana para desarrollarse y alcanzar sus objetivos.

Lo cierto es que contamos con muchos mecanismos para hacerle frente a todo esto, están los mecanismos legales, muchos de ellos golpeados por la desconfianza de la gente pero que siguen estando ahí y ejercidos de forma adecuada, en términos de la ley que los regula, pueden rendir frutos; también están los mecanismos extrajudiciales que no por estar fuera del marco de la ley, son por ello ilegales como las protestas y marchas pacíficas; también es cierto que requerimos mayor sensibilización sobre la cultura de la denuncia y que, del otro lado, contemos con servidores públicos capacitados para brindar el servicio encomendado. Como ciudadanos también podemos romper nuestra burbuja de ingenuidad y paternalismo y buscar alternativas como los sistemas de alarma, los seguros por robo o extravío, la vigilancia cívica por turnos, y el investigar un poco sobre cómo mantener seguro el patrimonio y la vida.

No es momento de dilapidar culpas a diestra y siniestra, tampoco podemos permitirnos tanta ingenuidad ni desinterés. Esta ola de violencia e inseguridad es un tema que nos atañe a todos y que tarde o temprano nos va a terminar pegando en nuestra integridad, bienes y derechos.

Probablemente valga la pena iniciar convocando a un foro donde participen el mayor número de actores sociales y se analicen las causas y efectos del fenómeno, se empatice con las víctimas de los actos vandálicos y se propongan medidas preventivas y correctivas al respecto; un espacio de diálogo y corresponsabilidad que deje de lado las banderas partidistas pero también los rencores, sin que actores políticos busquen llevar agua a su molino y la ciudadanía tenga una participación mucho más activa pero también más informada.

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