Sven Amador: Interestelar

Por Sven Amador Marín

Debo reconocer que la idea de tiempo, como una dimensión más de nuestra realidad, me ha tenido ocupado últimamente. Primero fueron los contenidos que nos proporcionó el maestro para la clase de optativa sobre filosofía y física, con tres principales temas de estudio: el espacio, el tiempo y la materia.

Como introducción a dichos temas, tuvimos que familiarizarnos con la teoría de la relatividad especial y la teoría de la relatividad general de Albert Einstein las cuales, debo confesar como buen producto de mi sistema educativo —¡soy hijo de mi tiempo!— que no entendí de bien a bien. Lo más que alcancé a rescatar es que el tiempo no es algo absoluto, como se había creído durante siglos, sino algo que puede ser modificado, torcido, alterado. Pensar esto, abre un abanico enorme de posibilidades no sólo para la física moderna, sino para la filosofía y, definitivamente para la literatura y el cine.

El astrofísico Neil deGrasse Tyson, cuyo principal renombre le viene de revivir la serie Cosmos que antaño encabezara Carl Sagan, nos explica que la idea de que vivimos en cuatro dimensiones no debería sorprender a nadie, porque, de hecho, se da por sentado; es decir —explica el científico—, cuando quedamos de encontrarnos con alguien, no le indicamos la hora sin un lugar determinado, ni un lugar sin una hora determinada. Esto significa que las coordenadas reales para quedar con alguien, requieren cuatro números o dimensiones: tres de esas se refieren al lugar (espacio) y una al tiempo. Necesitamos la combinación de las cuatro dimensiones para ubicar un acontecimiento y que éste haya ocurrido u ocurra con cierto sentido. La diferencia está en que podemos movernos libremente en las tres dimensiones espaciales pero somos esclavos de la cuarta, es decir, estamos atados al presente…

En el filme Interstellar (Christopher Nolan, 2014), la raza humana se ve presa de una plaga de cultivos que está acabando con los alimentos en el planeta Tierra así que un grupo de científicos pertenecientes a una NASA de capa caída decide buscar la solución fuera del planeta, enviando astronautas a explorar el universo para encontrar otro planeta con condiciones similares a las de nuestro hogar, e irnos a vivir para allá. El objetivo no es salvar el mundo, sino abandonarlo. A la fecha hay evidencia científica de la existencia de un montón de planetas con condiciones de vida similares a las del nuestro, el problema es que están muy lejos. Para resolver esto, en la película se propone la existencia de un agujero de gusano en un lugar cercano a Saturno, y que conecta con otro punto muy, pero muy lejos del universo y donde se han identificado un par de planetas que pudieran ser colonizados.

Para efectos de la narrativa, la producción del filme contrató como consultor al reconocido astrofísico Kip Thorne, para que proporcionara las bases científicas de la película y tanto este científico como la productora Lynda Obst, pusieron dos condiciones principales: que no se haría nada que violara las leyes de la física y que toda especulación debía, necesariamente, partir de la ciencia.

En este punto, cuando los astronautas ‘bajan’ a explorar uno de los planeta cercano a un hoyo negro, entra de lleno la teoría de la relatividad de Einstein que en un punto sostiene que, a mayor velocidad de los cuerpos, menor es el tiempo que transcurre y que, en caso de alcanzarse la velocidad límite natural (la de la luz), el tiempo se detendría. La clave de esta teoría está en la gravedad, esa fuerza que nos atrae al centro de la tierra, que tan familiar nos resulta pero que tantos misterios sigue guardando.

Sabiendo esto de la gravedad, podemos imaginar en qué consiste un agujero negro (otro recurso científico que se emplea en Interstellar), éste es el resultado final de la gravedad extrema llevada hasta el límite posible (la velocidad de la luz), es decir, cuando una estrella de 30 veces o más la masa del sol pierde toda su energía, la fuerza gravitatoria de dicha estrella ejerce una fuerza sobre sí misma que concentra la masa en un pequeño volumen a tal grado que atrapa todo a su alrededor, hasta la luz. El único límite del agujero negro, es el denominado “horizonte de sucesos”… y hasta aquí llegué en estos escabrosos pero no menos interesantísimos temas.

Así las cosas, si yo bajo a un planeta cuya gravitación está más acelerada, el tiempo transcurrirá más lento aunque yo no lo perciba y, como en el caso de la película, bajando a ese planeta, una hora para mí, serán teóricamente siete años en el planeta Tierra, de acuerdo a las condiciones que se plantean en Interstellar.

Todo eso está comprobado, no se violan leyes de la física en la simulación que se da dentro del filme, incluso derivaron dos estudios científicos sobre el tema. En donde sí existe especulación, sobre base científica, es en lo que hay más allá del ‘horizonte de sucesos’, más allá de los límites del agujero negro. La narración de Interstellar propone una región de múltiples dimensiones donde un hipotético visitante podría moverse a voluntad en el espacio… y en el tiempo. Muchas preguntas relacionadas con nuestra temporalidad, no tendrían sentido. No tendría caso preguntar cuándo nací, sería equivalente —en la hipótesis que planteamos— a preguntarnos si estoy ubicado en el lugar que estoy ubicado: la respuesta es que físicamente siempre estoy donde estoy… siempre estoy naciendo.

Cuando el protagonista de Interstellar logra atravesar el horizonte de sucesos que hay en el límite del agujero negro, puede moverse a voluntad en el espacio-tiempo y, lo que hace, es buscar a su hija para comunicarse con ella y transmitirle la solución a una importante ecuación, obviamente la comunicación no se da de igual forma que entre los que vivimos en un mismo tiempo, por lo que intenta hacerlo en código morse y al hacerlo, resulta que Cooper, el protagonista, está en el inicio de los sucesos de la película pero yendo más allá. Desde su presente, Cooper se comunica al pasado para brindar una esperanza en el futuro. Siempre estamos naciendo.

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