Los primeros navegantes y las dificultades que se hicieron presentes en los canales del complejo lagunar Ojo de Liebre

Los altibajos de las mareas, las corrientes marinas dominantes en ese recodo del Kuroshio, la inestabilidad del fondo arenoso de la boca de la Laguna GN y el canal de navegación, obligaron a repensar en cómo aprovechar al máximo las circunstancias del PVC y reducir los riesgos de navegación nocturna, para la cual las boyas del canal ya no eran suficientes. Hubo necesidad de reforzar con faros en tierra el balizamiento del canal de navegación.
Se instalaron creo que 12 torres, 6 a cada lado del canal de acceso. El Capitán Middleton, quien ya residía en GN y que capitaneando el barco Berkshire había tenido ya la experiencia de transitar de noche ese peligroso canal de navegación; tenía entonces a su cargo la responsabilidad de agotar las posibilidades operativas del PVC, indicó los sitios en donde debían instalarse los faros o balizas de navegación. Las primeras fueron torres de madera, muy altas. Fueron por cierto las primeras estructuras no naturales que utilizaron para anidar las águilas pescadoras en la zona.

Fue la brigada de hidrografía la responsable de instalarlas. Las torres habían sido prefabricadas en el taller de carpintería de ESSA, bajo la dirección de El Mazatlán, quién mandó a su ayudante, Jesús Flores de la Luz, a instalar las torres de madera en los sitios en que había indicado el Cap. Middleton.
Jesús Flores de la Luz, con los planos de armado bajo el brazo, se integró así a la brigada de hidrografía para dirigir el armado de las torres; encontró en ese grupo de trabajo una mejor perspectiva para su vida profesional; así se hizo hidrógrafo, meses después que terminó la tarea de instalar las torres, ya no regresó a la carpintería.
La instalación de las torre fue tarea de meses. Las jornadas de la brigada llegaban a ser hasta por 15 días. Allá en las islas de arena dormían, tenían su campamento itinerante de carpas. Tenían comida, cocinero y agua para su consumo y aseo personal.

Eran varios los integrantes, Jesús Flores de la Luz, hace algunos días me recordó por teléfono algunos nombres. Enrique Romero, Owan, Chavalo Villegas, Josesito Ochoa, Loreto Córdoba, Guillermo El Guajo Montaño, Blas Ruiz, entre otros; eran una docena de trabajadores además del cocinero y el lanchero. La comunicación con las oficinas de ESSA en GN y con el PVC era tres veces al día por radio para rendir informes de avance de trabajo.
En la Imagen, una de esas noches de dormir allá en los médanos, Josesito Ochoa sostiene una luz de bengala que habían encontrado ese día en la playa de la Isla de Arena, a su lado Jesús Flores de la Luz y el lanchero cuyo nombre se me escapa. Encontraban en sus largas estadías y caminatas luces de bengala, boyas, botellas con mensajes, paquetes con diversos contenidos, lanchas, casquillos de torpedo, y cientos de objetos que el Kuroshio arrastra en su largo recorrido intercontinental desde las costas de Asia hacia las de América, y al revés.

Uno de los placeres extravagantes en esta vida es encontrar en alguna playa, datos o indicios de vida en playas situadas a miles de kilómetros de distancia. Es una comunicación mágica. Esa magia existe en las enormes playas arenosas que van desde la Laguna Manuela hasta la playa Malarrimo, playa de un vozarrón inolvidable, quien llega a escucharla, nunca olvida su voz.

Informacion de Antonio Avilés, fotografía Roberto Avilés 

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