Sven: Natural derecho al impasse existencial

Por Sven Amador Marín

Prácticamente durante todo el fin de semana pasado, estuve atento al desarrollo de las marchas a favor de la llamada “familia natural”, así como a las manifestaciones y expresiones en favor de la comunidad LGBT y debo reconocer, en principio, que me resulta muy difícil emitir un pronunciamiento al respecto.

Aún no termino de asimilar los últimos descalabros del Presidente de la República cuando ya está esta situación encima y quisiera, como bien señaló Mafalda, que el mundo se detuviera un momento para poderme enterar pues no soy persona a la que agrade proferir opiniones y comentarios sin un mínimo de información.

Pero en estos tiempos de un flujo incesante de datos y noticias, resulta muy complicado enterarse de todos los enfoques que abordan una sola problemática además que el desarrollo de los medios sociales de comunicación nos permite saber de todo, a todas horas, pero el ser humano sigue siendo individual y con sus capacidades de aprehensión limitadas.

Dicho lo anterior, entraré de lleno en el meollo del asunto. En días recientes se intensificó la oposición entre los grupos que defienden a la llamada familia natural y los grupos que defienden la legalización del matrimonio igualitario. Entre aquellos que dicen defender la familia natural, predominan agrupaciones, movimientos, asociaciones y frentes que profesan una determinada creencia religiosa —católica, principalmente— y basan sus argumentos, por un lado, en su texto sagrado, la Biblia, y en la naturaleza de la constitución sexual de los seres humanos, el género, enarbolando la consigna de que, el matrimonio entre personas del mismo sexo, no debe ser considerado matrimonio sino alguna otra figura, además de pretender proteger a los menores de exponerse a contenidos que consideran ‘impropios’ para su edad.

Del otro lado, están las agrupaciones que defienden el derecho a autodeterminarse, es decir, a la libertad, y a que se les garantice y respete el acceso a los mismos derechos que a cualquier ciudadano en pleno goce de sus prerrogativas, esto es, la igualdad, apelando principalmente a la garantía constitucional consagrada en el artículo 1° que señala que, en México, todas las personas gozarán de los derechos humanos reconocidos en la Constitución Política, quedando, en consecuencia, prohibida toda discriminación motivada por origen étnico, el género, la edad, las discapacidades, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las preferencias sexuales, el estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas.

Palabras más, palabras menos, por ahí van los argumentos de unos y de otros, lo delicado no es tanto tales argumentos, sino sus defensas, pues como pocas veces en la historia de los intercambios públicos de ideas, se había visto que los antagonistas se defendieran con las mismas armas: intolerancia del otro, falta de respeto a su derecho de expresarse y manifestarse, que ambas posturas tienen grandes cargas ideológicas detrás de sí, y demás lindeces por el estilo, todas empleadas por unos y otros y que, lo único que hace evidente de nueva cuenta, es la tremenda polarización en el país.

Yo crecí dentro del catolicismo y no puedo negar la enorme influencia de tinte conservador que recibí, para bien y para mal. No voy a asegurar que fui obligado a pensar de determinada forma, el proceso de adhesión a ciertas creencias, para que resulte efectivo, debe ser lento y prolongado sin que ello busque necesariamente un daño o perjuicio para los adeptos. Lo he dicho y lo sostengo, he encontrado a maravillosas y terribles personas en el seno de la iglesia. Por otra parte, y en años más recientes, me he permitido la oportunidad de abrirme y conocer a personas que piensan distinto de mí, que tienen una forma muy distinta de ver la vida y debo reconocer que sí, que al principio me daba hasta miedo porque aquello representaba una constante disyuntiva y un cuestionamiento interminable sobre las bases de mi formación personal. Tuve que aprender a practicar la aceptación lisa y llana como la forma más pura de misericordia.

En ese caminar, definitivamente la religión a través de sus instituciones y representantes, se me mostró como la parte univoca de abordar la cosmovisión individual, en tanto aquellos ‘enemigos’ de la religión, se radicalizaron en la equivocidad de la misma forma de ver y entender las cosas. La religión aseguraba que fuera de ella no había verdad ni salvación, su consigna era ‘echar las redes al mar’, es decir, atraer al mayor número de adeptos al rebaño, para que conocieran La Verdad y tuvieran La Salvación; por otra parte, las minorías no religiosas se permitían a sí mismas una apertura ilimitada a todas las fuentes de conocimiento y a veces a velocidades trepidantes en aras del desarrollo y la evolución, colocando al Hombre en un altar, exaltándolo como la única deidad.

En ocasiones, dependiendo de muchas cosas, yo me refugiaba en uno y otro lado pues, finalmente, siempre fui un hombre cargado de dudas y temores, al que le resultaba complicado caminar sin un asidero al cual aferrarse en momentos de profunda incertidumbre y angustia. Frente a unos, no podía afirmar que en la religión se encontraban las respuestas a todo, y frente a otros tampoco podía asegurar que la formación religiosa era necesaria y que había más cosas, fuera de las barreras inexpugnables de la religión. En el seminario o en el seno de la iglesia, algunos de mis compañeros me tildaban de izquierdista, de ‘progre’, de revolucionario, en tanto otros conocidos no creyentes o practicantes, me señalaban de derechista, de conservador, de burgués. Quizá ni unos ni otros sabían dónde colocarme, yo sólo estaba en búsqueda constante.

Durante los últimos cuatro años intenté una posición justamente analógica, moderada, de respeto a los creyentes pero sobre todo a las prácticas y rituales de rico valor simbólico y en muchas ocasiones de una profunda relevancia metafísica, ¿quién era yo para poner en duda y criticar todas aquellas tradiciones milenarias? Pero también decidí apoyar iniciativas que tenían como base y fundamento el respeto y la promoción de los derechos humanos, de las humildes conquistas de la ciencia y la tecnología, siempre contempladas a través del prisma mesurado de la filosofía.

¿Pueden coexistir estas posturas tan aparentemente antagónicas? Creo que sí, y lo creo cuando se permiten ceder un poco en sus argumentos, cuando dan preferencia a la escucha atenta antes que a la imposición de argumentos. Cuando se percibe un sincero anhelo de dialogar y no de hacer prevalecer las ideas propias. Cuando, pecando de ingenuo, se derriben las banderas para tender puentes.

Hoy por hoy considero que el método más adecuado para abordar un tema es el de la llamada hermenéutica analógica, un método filosófico de interpretación que propone colocarse en el punto medio de las posturas radicalmente univocas y laxamente equivocas. Parecen términos bastante domingueros pero no lo son, resulta que hermenéutica viene del dios Hermes, el encargado en la mitología antigua de llevar los mensajes divinos a los hombres y cuya acepción más aceptada es el de ‘interpretación’. Y analogía se asocia principalmente con la moderación, con la mesura y la apertura; la base de esta moderación no es la similitud, sino la semejanza. Entonces, hermenéutica analógica se refiere a una interpretación moderada de las cosas, con base en sus principales diferencias.

Hoy, este debate sobre la posible legalización del matrimonio igualitario en todo el territorio nacional, creo que es cuestión de tiempo que se dé, más allá de lo que unos y otros crean, es el devenir histórico, así pasó en su momento con todo el fenómeno de la segregación racial hace 60 años en EEUU y también con la percepción ‘antinaturista’ que se tenía del divorcio. Realmente es cuestión de tiempo pero en esa transición debemos promover justamente el diálogo abierto y sincero, desprovisto de ideologías radicales y sin mediar insultos y ataques y con planteamientos reales y objetivos, sin enfoques y léxico beligerante o combativo. Lo último que necesitamos en México, es otro motivo para polarizar más nuestra sociedad, ni Dios sostiene los argumentos de unos, ni la defensa de los derechos humanos, por otra parte, es la bandera por excelencia pues hasta los más puros defensores han fallado en algo.

Insisto: menos banderas y pancartas y más puentes y mesas de diálogo. Ese es mi pronunciamiento, pusilánime si se quiere, pero enteramente a favor del diálogo.

 

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