Sven Amador: Blanco & Negro

Por Sven Amador Marín

 

Es 2016.

Como humanidad hemos atravesado ya por muchas cosas, desde revolucionarios descubrimientos e innovaciones, hasta las más atroces obras que la razón instrumental puede concebir. Hemos visto subir y caer imperios, hemos llegado hasta Marte, hemos deducido la existencia de la llamada partícula de Dios, también hemos provocado infinidad de guerras y un terrible Holocausto que sigue calando en nuestras conciencias. Todo ese devenir histórico se ha ido traduciendo en múltiples logros y avances, en la generación, reconocimiento, y aun de la ampliación de una base de derechos inalienables al ser humano que pretende proteger a cada miembro de esta humanidad frente a los abusos del poder, desde su nacimiento hasta su deceso.

Sin embargo, y pese a las luchas que aún se siguen emprendiendo en las calles de todo el mundo, no hemos podido librarnos de los prejuicios y de esa perra y maniquea costumbre de etiquetar a las personas en buenos y malos.

Hace días tuve una breve conversación con una persona por motivo de mi trabajo. No tenía el gusto de conocerla, la ocasional plática se desarrollaba con la mayor de las cordialidades. En determinado momento salió a colación el nombre de otra persona y que ambos conocíamos. Para ir aclarando si era la misma persona de la que hablábamos me hizo algunas preguntas y una de esas fue si Fulanita de Tal no había estado casada con Fulanito y que después lo dejó por otro. Yo no conocía la ‘historia’, pero por los nombres, pude responderle que sí.

Mi interlocutora frunció el ceño y de inmediato confinó a la persona de la que hablábamos a un espacio ambiguo que lo calificaba por completo: ese espacio era el “así”, que a ella le desagradaban mucho la gente “así”. Y por si me quedaban dudas, todavía me dijo que le pedía a Dios que sus hijos no fueran a salir “así”, y que no fueran a andar en malos pasos.

Para mi interlocutora no importaron las muchas causas que originaron aquella separación, tampoco importaron todas las experiencias de vida que la persona sobre la que hablábamos había vivido muy al margen de sus relaciones de pareja; mucho menos importó su preparación académica, su formación personal, su educación, sus relaciones de amistad, de familia o de trabajo. No importó absolutamente nada más de la vida de esa persona para evitar que lo enclaustraran en el “así”, un sitio fijo que cristaliza en un único juicio a las personas, con independencia de todo lo demás, como si fueran insectos atrapados en ámbar por toda la eternidad, o una especie de fotografía que atrapa y congela un espacio y un momento determinados, sin prestar la más mínima atención a todas las complejidades de lo que pudo haber existido antes y después de ese momento, al grado incluso de elevar una plegaria a la divinidad que ella consideraba absoluta, para pedirle que sus hijos no terminaran siendo iguales.

¿Se dará tiempo Dios, el que sea, de escuchar semejante tipo de plegarias? Hoy que recuerdo, siempre tuve esa duda.

Estamos en pleno 2016 y hago serios esfuerzos por resistir caer en lo mismo que la interlocutora de la que vengo hablando cayó: juzgar a alguien como ‘malo’ o ‘bueno’, por una sola de sus experiencias de vida.

No voy a elevar plegaria alguna al buen Dios por cosas “así”, finalmente creo que también son parte de la compleja constitución humana con que Él nos dotó. Seguiremos luchando por conquistar derechos y llegar hasta los confines mismos del universo, pero nuestro principal reto siempre va a estar en la mente humana.

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