Sven Amador: Ciudadano y activista

 

Hace tiempo, un compañero me invitaba insistentemente a trasladarme al formato digital de los libros y me exponía los beneficios del llamado libro electrónico. Yo le respondía que no tenía nada en contra de las personas que preferían leer en dicho formato, que para mí, lo único importante era que leyeran pero que, mi preferencia siempre ha estado, está y, aparentemente, continuará con el formato tradicional, con el libro impreso. Es más una especie de fetiche que otra cosa, es una cuestión de los sentidos, casi casi de sensualidad en su acepción menos erótica. Palpar las cubiertas, el ritual previo de contemplar la portada y la contraportada, percibir el grosor como si eso terminara importando, hojearlo para curarlo del aroma de imprenta ante mi rostro y sumergirme en la inventiva de la narración que va brotando poco a poco de esas letras.

Finalmente, mi compañero argumentó en favor del formato electrónico desde una perspectiva ecologista.

—Se salvarían muchos árboles si cada vez más leyéramos en electrónico, y “más tú que andas de activista” y esas cosas —concluyó.

Debo admitir que me sorprendió eso, no tanto lo de la cruzada ecológica para salvar árboles, sino lo de “activista” pues este concepto creo que dista un poco de mi actividad ciudadana y que valdría la pena diferenciar.

La ruta ideal para empezar a abordar la diferencia entre activista y ciudadano, puede ser la de las protestas sociales. El activista es el que invita a participar en las protestas, a sumarse a la causa en cuestión, y el ciudadano es el que, por el contrario, decide no participar, no se expone y, en su lugar, considera que el cambio se gesta “desde uno mismo”, dejando de dar mordidas, respetando los altos, pagando impuestos, etcétera.

En la base de las motivaciones del activista está la necesidad del cambio, en la del ciudadano está el respeto de los derechos y el cumplimiento de los deberes propios. El conflicto viene cuando el activista siente que no se respetan los derechos y que no se cumplen los deberes. Es entonces cuando se desea el “cambio”, en tanto el ciudadano considera que si las cosas no están bien es, justamente, porque las personas no han respetado los derechos de terceros y han incumplido sus obligaciones. Se vuelve claro el panorama, el activista imputa responsabilidades a los representantes del Estado y el ciudadano las imputa a los otros ciudadanos.

Con la analogía de una casa averiada puede quedar mejor ilustrada la diferencia y, a la vez, estrecha relación entre ciudadano y activista. El ciudadano, con el cumplimiento de sus deberes y el respeto de los derechos, logra mantener una casa, es el mínimo aceptable del cuidado debido al hogar: barrer, trapear, sacudir el polvo, limpiar las ventanas, lavar la ropa y los trastes, tender las camas, lavar el baño, etcétera. El activista, con sus métodos de acción relacionados a una causa en particular, no busca mantener la casa, busca reparar el hogar; si detecta una fuga en la tubería, no va a ignorarla simplemente y a continuar dándole un uso normal, pospondrá otras cosas para darle atención prioritaria a esa avería y, probablemente hasta llame a un plomero.

La clave está en la tolerancia y el respeto y en no contraponer la naturaleza de ambas figuras. El activista deberá organizar muy bien su actividad para doblar la línea pero no romperla, y el ciudadano no debe hacer campaña contra el activista ni refugiarse detrás de “el cambio está en uno”. No, respetar un alto no va a cambiar nada, tampoco pagar impuestos. Eso es lo mínimo que se debe hacer, pero la podredumbre de las sociedades ha sobrepasado a las leyes y se requieren cambios a partir de lo mínimo.

En el caso del ciudadano mexicano, hemos incurrido en el error de darle a lo público el carácter de político. Entonces nos movemos entre los dos polos de lo privado y lo político así que, como no existe lo público y no nos interesa lo político, nos quedamos en la comodidad de lo privado. Se requiere restituir a lo público, su carácter de público (no-político).

Para hacerlo, primero hay que informarnos, saber y comunicar. Es muy sencillo, cuando las amas de casa coinciden en el mercado y perciben que el kilo de X o Y producto subió de precio, hay que preguntarse por qué y transmitirlo… al menos transmitir la duda.

Segundo, tener clara conciencia que el gobierno es nuestro trabajador, que nosotros somos sus patrones y ellos no representan una especie de Monte Olimpo reservado sólo para gente pudiente. Nuestra democracia es representativa, todos tenemos un trabajador que debe escuchar nuestros intereses, ese trabajador es el diputado de nuestra localidad. En otras democracias, los ciudadanos —no activistas— consideran como lo más normal escribirles a sus representantes. Es tan sencillo como enviar un correo electrónico, sus direcciones están en internet.

Y tercero pero no menos importante: dejar de lado la indiferencia, ésta es la que viene a darnos en la torre y esto sí germina desde las familias y viene “de uno mismo”. Cuando los niños preguntan mucho, los papás prefieren decirles que no sean tan preguntones y los empezamos a formar en la aceptación irrestricta de respuestas irracionales, la más de las veces. Que pregunten. En lo que hay que educarlos, para combatir la indiferencia, es en la calidad de sus preguntas. Sí, que pregunten, pero que pregunten cada vez mejor. Nos sorprenderá cómo, a la luz de esas preguntas, nosotros mismos estaremos replanteándonos lo que creemos saber.

Sí, hay que seguir ejerciendo de ciudadanos en el cumplimiento mínimo de nuestros deberes, pero también hay que alentar el activismo, síntoma de una sociedad evolucionada y democrática porque, cuando nos den en nuestro sueldo, cuando terminemos pagando el triple por recursos que antes eran nuestros, cuando un ser querido se vea afectado por la podredumbre estatal, cuando no tengamos acceso a la procuración y administración de justicia, cuando no tengamos dinero para defender nuestros derechos, ese día de nada nos va a servir respetar los altos y pagar impuestos.

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