Sven Amador: El eterno conflicto entre fe y razón.

Uno de los mayores esfuerzos realizados por los filósofos del pensamiento clásico fue purificar de formas mitológicas la concepción que los hombres tenían de Dios. Como se sabe, también la religión griega, al igual que gran parte de las religiones cósmicas, era politeísta, llegando incluso a divinizar objetos y fenómenos de la naturaleza. Los intentos del hombre por comprender el origen de los dioses y, en ellos del universo, encontraron su primera expresión en la poesía.

Las teogonías —teorías que tratan de explicar el origen de los dioses— permanecen hasta hoy como el primer testimonio de esta búsqueda del hombre. Fue tarea de los padres de la Iglesia mostrar el vínculo entre la razón y la religión. Éstos no se contentaron con los mitos antiguos, sino que quisieron dar fundamento racional a su creencia en la divinidad. Se inició un camino que, abandonando las tradiciones antiguas, se abría a un proceso más conforme a las exigencias de la razón. El concepto de la divinidad fue el primero que se benefició de este camino. Las supersticiones fueron reconocidas como tales y la religión se purificó mediante el análisis racional.

Al referirnos a este movimiento de acercamiento de los cristianos a la filosofía, es obligado recordar también la actitud de mesura que suscitaban en ellos otros elementos del mundo cultural pagano. La filosofía, en cuanto sabiduría práctica y escuela de vida, podía ser confundida con un conocimiento de tipo superior, esotérico, reservado a unos pocos perfectos. Otros escritores de los primeros siglos, en particular san Ireneo y Tertuliano, manifestaron ciertas reservas frente a una visión cultural que pretendía someter la verdad de la revelación a las interpretaciones de los filósofos.

El encuentro del cristianismo con la filosofía no fue inmediato ni fácil. La práctica de la filosofía y la asistencia a sus escuelas eran para los primeros cristianos más un inconveniente que una ayuda. Para ellos, la primera y más urgente tarea era el anuncio de Cristo mediante un encuentro personal. Sin embargo, esto no quiere decir que se ignorara el deber de profundizar la comprensión de la fe y sus motivaciones. Resulta injusta e infundada la crítica de Celso, que acusa a los cristianos de ser gente “iletrada y ruda”.

Esto resulta hoy aún más claro si se piensa en la aportación del cristianismo que afirma el derecho universal de acceso a la verdad. Decaídas las barreras raciales, sociales y sexuales, el cristianismo había anunciado desde sus inicios la igualdad de todos los hombres ante Dios. La primera consecuencia de esta concepción se aplicaba al tema de la verdad. Quedaba completamente superado el carácter elitista que su búsqueda tenía entre los antiguos, ya que siendo el acceso a la verdad un bien que permite llegar a Dios, todos deben poder recorrer este camino. Las vías para alcanzar la verdad siguen siendo muchas.

Un puesto singular en este largo camino corresponde a Tomás de Aquino, no sólo por el contenido de su doctrina, sino también por la relación dialogal que supo establecer con el pensamiento árabe y hebreo de su tiempo. En una época en la que los pensadores cristianos descubrieron los tesoros de la filosofía antigua, y más concretamente aristotélica, tuvo el gran mérito de destacar la armonía que existe entre la razón y la fe. Argumentaba que la luz de la razón y la luz de la fe proceden ambas de Dios; por tanto, no podían contradecirse entre sí.

Tomás de Aquino reconoció que la naturaleza, objeto propio de la filosofía, podía contribuir a la comprensión de la revelación divina. La fe, por tanto, no teme la razón, sino que la busca y confía en ella. Como la gracia supone la naturaleza y la perfecciona, así la fe supone y perfecciona la razón. Esta última, iluminada por la fe, es liberada de la fragilidad y de los límites que derivan de la desobediencia del pecado y encuentra la fuerza necesaria para elevarse al conocimiento del misterio de Dios. Aun señalando con fuerza el carácter sobrenatural de la fe, Tomás de Aquino no olvidó el valor de su carácter racional, sino que supo profundizar y precisar este sentido. En efecto, la fe es de algún modo “ejercicio del pensamiento”; la razón del hombre no queda anulada ni se envilece dando su asentimiento a los contenidos de la fe, que en todo caso se alcanzan mediante una opción libre y consciente.

La fecundidad de semejante relación se confirma con las incidencias personales de grandes teólogos cristianos que destacaron también como grandes filósofos, dejando escritos de tan alto valor especulativo que justifica ponerlos junto a los maestros de la filosofía antigua. Esto vale tanto para los Padres de la Iglesia, entre los que es preciso citar al menos los nombres de Gregorio Nacianceno y Agustín de Hipona, como para los doctores medievales, entre los cuales destaca la gran tríada de Anselmo, Buenaventura y Tomás de Aquino.

Envíe sus comentarios a sven.amador@hotmail.com

sígame en http://facebook.com/sven.amador

o en Twitter en @Itzcoatl5

Deja un comentario