Sven: Reforma ¿Educativa?

Por Sven Amador

 

Las profundas reflexiones que realiza el analista Pablo Latapí en conferencia pronunciada el 15 de mayo de 2002 en la Universidad de Sonora, acerca de la calidad educativa entendida como “… el conjunto de propiedades inherentes a una cosa (en este caso la educación) que permiten apreciarla como igual, mejor o peor que las restantes de su especie”, resultan iluminadoras y quisiera compartirlas ahora que está tan de boga la Reforma ¿Educativa?

Al inicio parte de un conciso señalamiento sobre el error que, él cree, hemos cometido al sustantivar la educación y, apuntalar eso, no busca extenderse en causas y razones que nos hagan pesimistas, simplemente se vale de esa plataforma meramente descriptiva para lanzarse a una exposición alentadora de los rasgos de una buena educación. Y él mismo señala al comenzar su intervención lo modesto de su empresa al «intentar resumir… lo que entiendo por una ‘buena educación’…» basado más en la experiencia de vida que en el conocimiento adquirido teóricamente.

Así pues, los rasgos que deben caracterizar a una buena educación se resumen en cuatro, a saber: el carácter, como la congruencia entre pensar y obrar; la inteligencia, con tres notas sumamente interesantes como lo son la cultura general, las destrezas intelectuales fundamentales y el dominio de conocimientos especializados; los sentimientos, ya que éstos invaden los territorios de la inteligencia y deben equilibrar sus actuaciones; y la libertad, sumamente ligada a la responsabilidad.

Ya desde este contexto general podemos ubicarnos en una posición que nos permite visualizar, de entrada, lo lejos que estamos de una buena educación y, tan es así que, Latapí mismo señala que ‘ni probablemente son deseables’ (refiriéndose a acuerdos y acciones para buscar una buena educación, de parte de las autoridades educativas en el país); sin embargo, también podemos vislumbrar ya un objetivo claro. Obvio que no conviene asumir una postura unívoca de lo que presenta el conferencista y excluir o, incluso, satanizar otras y muchas buenas propuestas que, más o menos, van en la misma línea, la de una formación integral.

Es imposible no evocar el resultado que se arrojó en los estudios realizados por un grupo especializado en la materia y que se presentó en informe a la UNESCO bajo el título de “La educación encierra un tesoro” que, en su capítulo cuarto, menciona “los cuatro pilares de la educación”; probablemente Latapí los haya contrastado con un sentir primigenio y amorfo que ya albergaba en su interior. Pero, tanto ese resultado como las reflexiones del conferencista que hoy comentamos, representan el despertar de una conciencia que se ha percatado de la poca o nula calidad en la educación, producto, sin duda, de esfuerzos que se han venido realizando en los últimos años.

Siendo así, lo que aquí busco, es colocar en el mapa la necesidad de encontrar un método adecuado que concretice las magníficas teorías, y que no sólo queden en ostentación de las grandes mentes, ‘mafias intelectuales’ y sindicatos, colocadas sobre las mesas de suntuosas conferencias y magníficos foros de consulta internacional, sino que pase a las aulas de clase de los distintos niveles educativos, ya que éstos, están lejos de formar en los niños y jóvenes “un hábito razonable de autoexigencia” pues nuestro sistema educativo tradicional, aun a nivel superior, se sigue limitando a calificar parcialmente las capacidades y destrezas del alumno con un número frío y subjetivo y más, frente a un país tan vasto y complejo como el mexicano. ¿Por qué? ¡Vaya usted a saber!, por comodidad, por torpeza burocrático-administrativa, por la enorme tarea que implica diseñar un adecuado y objetivo sistema de evaluación, por las decepciones ante los lógicos problemas previos al cambio positivo, porque se sigue luchando en las calles y frente a edificios gubernamentales por plazas y mejores salarios, por la corrupción sindical, por deficientes labores legislativas en la materia, por el desinterés de padres de familia en la calidad educativa, por el aturdimiento recreativo, por factores distractores, por falta de recursos, además de la privatización educativa que convierte al alumno en cliente y al profesor en empleado, en fin. Entonces, ¿cuál es el medio para que ese cómodo alumnado asimile que hay estándares más altos a los que puede aspirar —según señala Latapí— y que esto se convierta en hábito?

Evidentemente que un cambio de semejante magnitud en el sistema educativo implica, por supuesto, un cambio en los demás órdenes culturales de la sociedad en lo que, por ahora, no busco ahondar pero que al menos nos permita sostener el argumento de un diálogo necesario entre lo tradicional y lo moderno, una actitud ecléctica de aquellos que se vean involucrados en el proceso de educación y aprendizaje y, sobre todo, dejar de solapar la actitud mediocre e individualista del alumno (y en variadas ocasiones también del hoy llamado ‘facilitador’) que a todas luces contraviene el espíritu de lo que una buena educación aspira a ser.

Es propio de nuestro tiempo buscar o construir  nuevos horizontes que den sentido inclusivo y orientación humanista a nuestros esfuerzos en las diversas actividades que emprendamos. Hoy más que nunca debemos apelar a una  conciencia que nos permita incluir la mayor cantidad y calidad posible de elementos culturales en la educación para que no se vuelva una mera transmisión de datos, sino un baluarte defensivo de nuestros valores y que descarte las desviaciones de la educación actual que Pablo Latapí señala tan puntualmente en su intervención como lo son la sobrevaloración de lo económico, la competitividad a ultranza y el culto a una malentendida excelencia. Sin despegar los pies de la realidad que se nos presenta como reto, debemos prendernos de la estrella de nuestros mejores ideales a fin de trazar el surco de una autentica educación de calidad donde podamos sembrar las semillas de una mejor humanidad.

Nada, absolutamente nada de esto contempla la Reforma Educativa del gobierno peñista…

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